Querida vida, quiero pedirte perdón por todas esas veces en que te descuidé y no saqué el máximo partido de todo lo que me ofrecías. Ahora que han caído mis miedos, mi timidez y mis prejuicios, prometo bailarte hasta el amanecer, prometo quererte, escucharte y hacerte reír hasta que te duela la tripa, hasta que quedes sin aliento. Porque tú y yo nos entendemos, porque valemos la alegría.
Un día vas a una tienda y ves un par de zapatos fabulosos, tan lindos, tan altos, tan brillantes, tan coloridos, tan diferentes. Y pides tu talla pero resulta que no hay. Así que te pruebas otro número, uno más pequeño. No es el tuyo pero quizá funcione.
Te miras al espejo y … ¡wow!
Llega el amor después del amor. Y llega el tiempo de conectarse con uno mismo. Llega la persona que estabas esperando, y llega el momento en que se va alguien de tu vida. Pero también llega el día en que no duele más la herida. No importa cuál sea.
Que siempre estoy sonriente. Que me brillan los ojos. Que converso con las flores y bailo en mi jardín. Dicen por ahí que creo en hadas y ángeles. Que les abro las puertas y ventanas en las mañanas y les doy la bienvenida para que inunden mi hogar de luz, alegría y bendiciones.
Quererse a uno mismo está muy ligado a saber darse la oportunidad de sacar la mejor versión de cada uno, descubriendo el potencial que tenemos a todos los niveles: afectivo, romántico, espiritual…
Conócete, descúbrete, acéptate, valórate y admírate. Aprende a reírte de ti misma.
Mira en el espejo la mujer que eres, no la que sólo existe ante los ojos de quienes no reconocen tu gran valía. Si tienes que elegir, elígete siempre, no como un acto de egoísmo, sino como un acto de valentía y amor propio, pues sólo quien se ama a sí mismo, es capaz de amar a los demás.
Estoy entendiendo que no tengo que hacerme indispensable. Estoy tomando distancia para observar y observarme desde lejos. Estoy despertando de un aletargado condicionamiento.