Estoy entendiendo que no tengo que hacerme indispensable. Estoy tomando distancia para observar y observarme desde lejos. Estoy despertando de un aletargado condicionamiento.
Elige a alguien que decida liberar su corazón. Que quiera sanar sus heridas en lugar de embalsamarlas entre murallas. Que desee expandir todo lo que tiene dentro, aprender de la vida y compartir su amor.
Tu cuerpo, el templo de tu alma, al que recurres para sentirte segura, al que le debes calidez y amor incondicional, sin importar el tiempo, sin demorarte en excusas.
Cada uno de nosotros de seguro tiene una historia que contar de su vida en la cual haya tenido que recuperarse a nivel emocional, algunos habrán atravesado duelos, otros decepciones, otros habrán tenido que afrontar cambios que no deseaban y para los cuales
Cuando algo no ha sucedido como queríamos o alguien no ha respondido como esperábamos, cuando nos ha molestado el comportamiento de una persona o lo que nos ha dicho, solemos expresar lo que sentimos con expresiones como “me has hecho enfadar”,
“Decía mi abuela que cuando una mujer se sintiera triste lo mejor que podía hacer era trenzarse el cabello, de esta manera el dolor quedaría atrapado entre los cabellos y no podría llegar hasta el resto del cuerpo; había que tener cuidado de que la tristeza no se metiera en los ojos pues los haría llover, tampoco era bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas que no eran ciertas. Que no se meta entre tus manos- me decía- porque puedes tostar de más el café o dejar cruda la masa. Y es que a la tristeza le gusta el sabor amargo.
Fue ayer, de hecho… Dejó ir el miedo. Dejó ir los juicios. Dejó ir las necesidades, así, de un momento a otro. Conforme soltaba llegó la confianza. Llegó la permisión. Llegó la sensación de estar plena.
La razón vuelve a decir: Olvídate, ya todo se acabó, no prolongues este sufrimiento. Pero el corazón me susurra: Inténtalo de nuevo, a lo mejor esta vez te vaya mejor y no te lastime.